Pascua de la Resurrección

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Nuestra fe proclama que fue con su Resurrección que el Salvador completó la obra de la Redención, venció la propia muerte, e inició el cortejo triunfal en que todos los justos de todos los tiempos lo seguirán, vencedores y esplendorosos, rumbo a la gloria definitiva, con sus cuerpos resucitados. Por eso bien afirmaba San Pablo: “sin la resurrección, vana sería nuestra fe” (1 Cor 15,17). Su Resurrección fue un prenuncio de nuestra resurrección.

Así, cuando un cristiano contempla a un fallecido que yace en su ataúd, debe pensar: “si es verdad que la muerte es un castigo, también es verdad que aquí está una semilla para la Resurrección, en la cual creemos por saber que Cristo resucitó…”.

El hecho histórico de la Resurrección también significó la victoria de Nuestro Señor Jesucristo sobre todos los obstáculos que se le opusieron a su predicación, sobre todas las persecuciones que sufrió, y sobre todos sus adversarios, que no querían permitir su benéfica y divina influencia sobre las almas.

Después de la Resurrección, la predicación de los apóstoles, que antes estaban inmersos en un doloroso drama, lleno de vacilaciones e incertezas, tomó vida y fuerza sorprendentes, y es de esta predicación de la cual vivimos hasta el día de hoy.

Esto también puede ser aplicado en relación a la Santa Iglesia Católica, Apostólica y Romana: por más que todo lleve a creer que le aguarda la más terrible de las derrotas, el fiel católico siempre debe tener la convicción de que la Iglesia posee fuerzas para resurgir aún más radiante de sus dificultades.

Pidamos esa gracia a la Santísima Virgen; que así como Ella creyó con fe inquebrantable en la Resurrección de su Hijo, aún cuando lo veía clavado en lo alto de la Cruz, sepamos ver siempre en las cruces que carga la Santa Iglesia, aquella promesa de victoria que nos lleva a exclamar con el inolvidable Papa Juan Pablo II: “La cruz, símbolo de la fe, es también símbolo del sufrimiento que lleva a la gloria; de la pasión que lleva a la Resurrección. Per crucem ad lucem, por la cruz se llega a la luz: este proverbio, profundamente evangélico, nos dice que, vivida en su verdadero significado, la cruz del cristiano es siempre una cruz pascual” (Juan Pablo II, Hom. Río de Janeiro, 30/6/1980).

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