La palabra del Administrador

Importante aclaración

En los últimos tiempos se han publicado en internet algunos videos que abordan la situación del Vicariato. También han aparecidos blogs que opinan sobre la misma situación. Son versiones hostiles y favorables a la nueva administración. Esas iniciativas son anónimas y, además, incontrolables; es que, en principio, cada uno se cree en el derecho de colgar en el internet lo que le parezca.

Lamento mucho que, a veces, lo que se publica no responda a la verdad objetiva de las cosas y que hasta se llegue a ofender a personas o a instituciones, faltando a la ética y al respeto. Deseo que la reflexión y el buen sentido primen sobre la pasión y el mal gusto. Eso, aunque las personas que se pronuncian puedan tener las mejores intenciones.

La opinión oficial del Vicariato Apostólico de San Miguel de Sucumbíos se recoge en nuestro blog http://Sucumbios.blog.arautos.org

 Rafael Ibarguren Schindler EP
Administrador Apostólico
Vicariato de San Miguel de Sucumbíos, Ecuador
Nueva Loja, Sábado 7 de mayo de 2011

SALUDO PASCUAL DEL ADMINISTRADOR APOSTÓLICO DEL VICARIATO DE SAN MIGUEL DE SUCUMBÍOS
“LA PAZ ESTÉ CON USTEDES” (JUAN 20, 19)

Me dirijo a los fieles de este pujante Vicariato para desearles a todos muchas felicidades y compartir las alegrías y las esperanzas de la Pascua. En la imposibilidad de un encuentro personal, les mando este mensaje para celebrar juntos a Jesús que triunfa sobre la muerte y sobre el pecado y que sella con su resurrección la obra de la redención.

Así como nosotros, aquí, en Sucumbíos, en todo el mundo los cristianos celebran este magno acontecimiento. Es verdad que cada día, en la Eucaristía, se renueva el misterio pascual; pero de modo especial lo hacemos como pueblo de Dios durante la Semana Mayor y especialmente en la Vigilia Pascual, centro del año litúrgico. Por ocasión de estas celebraciones, se congregan miles de personas venidas de toda la provincia para participar en las Misas, Vía Crucis, confesiones y otras manifestaciones propias del tiempo.

La fiesta gloriosa de la Pascua está de alguna manera empañada por el dolor de muchos hermanos y hermanas que sufren, especialmente víctimas de la injusticia humana o de la inclemencia de la naturaleza. ¿Cómo no pensar en el Japón, en Libia o en las víctimas de accidentes o de enfermedades en nuestro país –para citar tan solo ejemplos de estos días- en que vemos a tantas pobres personas muy afectadas, que esperan y cuentan con el apoyo de corazones compasivos, orantes y solidarios?

Jesús padeció y resucitó. Así también, nuestro mundo herido y sufriente aguarda la hora de resucitar que será la hora de su conversión y de su triunfo. Para apresurar esa hora, oremos y trabajemos con empeño, procurando ser fieles discípulos de Cristo y buenos misioneros junto a los demás, como nos lo pide la Iglesia.

Ante las dificultades a que está sujeta nuestra frágil condición humana, la Buena Nueva del Evangelio nos anima: “la paz esté con ustedes”, dijo el Señor resucitado a sus apóstoles. Ese saludo suena como una música armoniosa que nos infunde paz y confianza. ¡Es que no queremos otra cosa: la paz de Cristo en el reino de Cristo!

Queridos hermanos: ante el sepulcro vacío del Salvador, junto con las santas mujeres, los apóstoles y los fieles de la primera comunidad cristiana, renovamos nuestra fe en el triunfo definitivo del Resucitado que se va a la casa del Padre no para abandonarnos ni desentenderse de nuestra suerte, sino para enviarnos el Espíritu Santo e interceder por nosotros. Que María nos acompañe y nos ayude siempre.

P. Rafael Ibarguren Schindler EP.
Administrador Apostólico
Vicariato de San Miguel de Sucumbíos.
Nueva Loja, Pascua de 2011

 


Homilía del Administrador
Apostólico durante la
“Marcha Blanca”
en Nueva Loja

Queridos hermanos en el Señor y en su Santa Madre:

Nos reunimos hoy en torno del altar, en este segundo domingo de Cuaresma, para celebrar las grandezas de nuestro Dios, darle gracias por sus beneficios y pedirle su ayuda en nuestras necesidades. Hemos iniciado la celebración con un pedido de perdón, un reconocimiento de nuestras faltas y un propósito sincero de conversión y de cambio.

Son estas las cuatro dimensiones en que se celebra el culto eucarístico dominical: alabanza a Dios, acción de gracias por los beneficios que nos da, pedido de perdón por nuestras culpas y súplica de ayuda para obtener todo lo que precisamos.

En la Cuaresma, ponemos un especial énfasis en el propósito de ser mejores, en el esfuerzo para privarnos de algo que satisfaga a nuestro egoísmo, en el empeño generoso de servir al prójimo, en dar, y más que en dar, en darnos a los demás. Solo así llegaremos a la solemnidad de la Pascua, enteramente renovados.

El misterio de la Transfiguración del Señor que se nos relata en el Evangelio de hoy, es un acontecimiento central en la vida de Cristo. Es un misterio luminoso que se manifestó a los apóstoles para alumbrar su caminar rumbo al Calvario y a la muerte del Salvador.

Jesús se dirigía a Jerusalén, iba a ser entregado a los enemigos e iba a padecer y a morir. El escándalo de la cruz iba a chocar profundamente a los apóstoles, les iba a escandalizar, a tal punto que le abandonarían. Por eso era importante que tuviesen esa experiencia luminosa del Maestro transfigurado, radiante, esplendoroso, resplandeciente como el sol; ya que lo verían en pocos días como un vil sentenciado, desfigurado como un leproso, como un gusano que se retuerce y no más como un hombre, en el decir de la Escritura.

Queridos hermanos, la gloria de la resurrección se conquista con la cruz. El acontecimiento del Tabor, esta transfiguración que hoy se nos presenta en el Evangelio de San Mateo, es una luz que ilumina no solo el caminar de Cristo y el de los Apóstoles, más el de cada cristiano, de cada uno de nosotros. No podemos apagar o disminuir la luz de nuestra dignidad de Católicos, la fuerza del compromiso bautismal, ¡la gloria de nuestra calidad de profetas, de sacerdotes y de reyes! Podremos pasar por dificultades –eso es una constante que nos acompañará siempre- pero debemos saber que en la prueba y en el dolor, estamos conquistando el triunfo y la gloria.

Qué lindo es ver tanta gente reunida en una misma fe, en una misma esperanza y en un mismo amor. Qué lindo es ver que podremos tener diferencias accidentales o preferencias particulares, pero que hay entre nosotros los cristianos, una unión plena que viene del hecho de ser hijos de Dios, de ser hermanos de Cristo y co-herederos con Él de su misma gloria.

Hemos caminado, hemos rezado el Rosario, hemos cantado, hemos compartido momentos de hermandad y de esperanza; estamos diciendo a nuestra Provincia, al Ecuador y al Mundo que amamos a Dios y a su Iglesia, que amamos al Papa y a los Obispos, que queremos permanecer fieles a nuestras raíces cristianas, al Evangelio, al Credo, a los Mandamientos, a los Sacramentos, al Magisterio de la Iglesia. Que queremos que se viva en toda su plenitud y originalidad el proyecto cristiano que no es solo practicar ritos, como se ha dicho, sino comprometerse a fondo con la sociedad siguiendo la enseñanza de la Iglesia universal, de la Iglesia latinoamericana y de la Iglesia del Ecuador –¡es la misma Iglesia!- siendo discípulos y misioneros de Cristo, en comunión con la Jerarquía de nuestra Iglesia y en unión con todos los cristianos a los cuales queremos, valoramos y respetamos, que no etiquetamos ni excluimos, porque hay muchas moradas en la casa de Dios.

Los hombres pasan y la Iglesia sigue. La diversidad de carismas y de dones con que el Espíritu Santo regala a la Iglesia, no opacan ni cambian para nada lo esencial de la fe que ha sido magistralmente definida por Jesús en el Evangelio: el amor a Dios y el amor al prójimo. En eso se centra la vivencia y la praxis cristiana: en el amor a Dios y en el amor a los demás; amor que es servicio, amor que es entrega, que es compromiso, que es inmolación. Lo que no es eso, es accidente, es folclore, es invención humana.

Así como el pan y el vino se transubstancian y se convierten en el Cuerpo y la Sangre de Cristo, así también nuestras vidas, las de cada uno de Ustedes que están aquí o que nos siguen por las ondas de la radio y de la televisión, se tienen que transformar y convertirse en Cristo, en el Cuerpo místico de Cristo que es su Iglesia, en oblación agradable que sube al trono de Dios con suave olor, en alabanza y en acción de gracias.

Ofrecemos esta Eucaristía por las intenciones del Santo Padre, por las necesidades de nuestra Iglesia de Sucumbíos, por nuestra conversión personal y comunitaria.

Queremos para nuestro Vicariato y para nuestra Provincia la plena realización de su vocación de grandeza cristiana y humana. Aquí en Sucumbíos se dan cita diversas etnias, razas ancestrales y colonos de todo nuestro país. Aquí llegan nacionales y extranjeros a trabajar con tesón y a vivir en armonía. Con la ayuda de la gracia de Dios y bajo el manto de la Virgen del Cisne, sigamos construyendo nuestra provincia, orgullo del Oriente, del Ecuador y del Mundo.

Quiera Dios bendecirnos en abundancia e iluminar nuestro caminar con la luz de Cristo transfigurado y siguiendo el consejo que da hoy a los apóstoles fascinados y temerosos ante tanto brillo y esplendor: “levántense y no teman”. No temamos, no tengamos miedo, Dios está con nosotros. Digamos como Santa Teresa de Ávila: “nada te turbe, nada te espante, todo se pasa, Dios no se muda. La paciencia todo lo alcanza, Quien a Dios tiene, nada le falta. Solo Dios basta”.

Damos gracias a Dios por esta procesión y exaltación de nuestra Iglesia. Por el testimonio que representa tantos fieles fervorosos congregados. Agradezco la invitación que me hicieron para celebrar esta Eucaristía y les digo que considero esta manifestación religiosa no como un apoyo a mi persona o al carisma de mi congregación, sino como un acto de fidelidad a lo que represento entre Ustedes por mandato del Santo Padre: a nuestra Iglesia Santa y Católica. Vivamos y muramos por ella ¡Alabado sea Nuestro Señor Jesucristo!

La cuaresma hoy y en Sucumbíos

El miércoles de ceniza es la puerta de la cuaresma, ese tiempo privilegiado que nos llevará a la Semana Santa para concluir con la Pascua y la resurrección. El signo de la ceniza con que se nos marca en la frente, quiere ayudarnos a que tomemos una actitud humilde delante de Cristo, delante de los hermanos y delante de toda la obra de Dios. “Acuérdate que eres polvo y en polvo te convertirás”, dice una fórmula de imposición de la ceniza. Otra fórmula reza “Conviértete y cree en el Evangelio”. Son invitaciones a que tomemos nuestro lugar en la sociedad y en la vida, sin quitárselo a otro ni a nadie, pues todos tenemos un espacio providencial en la obra magnífica y armónica de la creación.Somos polvo, venimos de la tierra, fuimos constituidos desde el barro y a la tierra volveremos. Esta es una primera y tremenda verdad delante de la cual hay que rendirse. Más aún: delante de la cual hay que entusiasmarse y exultar de gozo, ya que confesar esto no más que tomar nuestro puesto y, sobretodo, poner a Dios en el suyo: el de supremo dueño y Señor. La actitud ante Dios, ante los demás y ante el universo, debe ser siempre una actitud humilde. Como la del publicano de la parábola. ¿Qué somos o qué tenemos que no lo hayamos recibido? La humildad es el ejercicio de la restitución. Ser orgulloso es ser ladrón, es robar a Dios.Ahora, resulta que la actitud humilde es el inicio o la condición para lograr la conversión que se nos pide con insistencia en el tiempo cuaresmal. Es la humildad lo que propicia que la oración, el ayuno y la limosna sean acciones meritorias y agradables a Dios.

Fijemos la atención en la provincia, en nuestro querido Sucumbíos. Una región privilegiada, una arena llena de desafíos y de promesas, un lugar bendito en el vasto y rico suelo ecuatoriano. Si somos humildes, seremos felices y Dios hará su obra en nosotros. ¡Ya la ha hecho en gran medida! Fue precisamente la entrega generosa y el compromiso dedicado de nuestra gente lo que talló el perfil original del que nos enorgullecemos… humildemente. Sí, porque la humildad es la verdad. El ejemplo más paradigmático de la obra de Dios se dio en la Virgen María, la esclava del Señor. ¿Qué obra? Ni más ni menos que la encarnación del Verbo.Cada cristiano comprometido con su Iglesia, cada fiel, por más desconocido e incapaz que sea o que se considere, cada ciudadano, habitante de esta rica Amazonía, tiene la vocación y la responsabilidad de ser ese campo de acción de Dios para la conversión personal y la transformación de la sociedad. La conversión será el fruto del don de Dios que se nos comunica cuándo se le atrae con el perfume de la humildad. La conversión no es nunca la consecuencia de un esfuerzo o de una originalidad personal, es fruto de una gracia. La suficiencia espanta el don de Dios.
El orgullo y la soberbia, en cambio, alejan de las criaturas las bendiciones de Dios, volviendo a las personas estériles, tristes, frustradas, inexplicables.Nuestro Vicariato de San Miguel de Sucumbíos está en camino, como la misma Iglesia militante o peregrinante. Es una provincia que sigue transformándose. Un importante transcurso ya ha sido hecho. Otras vías aún deben de ser trilladas y conquistadas, a fuerza de humildad –digámoslo una vez más y siempre. Nos afirmamos y crecemos si nos abajamos y disminuimos; esta paradoja tiene una palpitante actualidad y es la vía necesaria para conquistar la grandeza a que aspiramos. Jesús nos lo enseñó con su pasión y con su cruz.

No perdamos tiempo en querellas inútiles, en prejuicios mezquinos, en ilusiones orientadas, en actitudes negativas, en acciones marcadas por el interés político, social o económico. En pensar demasiado en el pasado, temiendo por un futuro que, aunque lo sabemos promisor, se presenta incierto. Construyamos el presente a cada momento, con ilusión. Tristemente, en nuestro medio, muchas energías se pierden por no ser así.
Cuando un alma es humilde y, consecuentemente, generosa, las bendiciones de Dios llueven con más fuerza que nuestras tormentas tropicales. Cuando el virus nefasto del orgullo impera y carcome nuestro corazón, pues podemos esperar sencillamente lo peor.

Claro que no queremos lo peor para nuestra tierra, queremos para ella lo mejor: la Pascua, la resurrección y la gloria.

P. Rafael Ibarguren Schindler EP
Administrador Apostólico
Vicariato de San Miguel de Sucumbíos

 

   La misión de evangelizar

No hay efecto sin causa. Y toda causa produce naturalmente su efecto. Dios, vida substancial y amor fecundo, es la causa de las causas. Ya antes de la era cristiana, el pagano Cicerón hacía esta oración (al menos a él se le atribuye): “Causa causorum, miserere mei” – Causa de las causas, apiádate de mí. Bien podemos nosotros, más de dos mil años después, hacer esa misma súplica, reconociendo que, como dice San Pablo, “todo fue creado por Él y para Él” (Col. 1, 16).

Esta introducción, con tintes filosóficos y teológicos muy elementales, es para introducir el tema que quiero brindarles en este breve mensaje: el origen de la misión y del apostolado que debemos hacer los cristianos, todos los bautizados y no solo los sacerdotes o los misioneros comprometidos (es claro que éstos con mayor empeño).

Dios nos crea, nos redime y nos salva. Funda su Iglesia y da un mandato a sus apóstoles, extensivo a todos los bautizados “id al mundo entero y predicad el Evangelio “ (Mc. 16, 15).

Por lo tanto, en el origen de la misión evangelizadora hay un mandato. Los discípulos de Cristo no van por iniciativa propia a la misión. Son enviados. “Apacienta mis corderos… pastorea mis ovejas” (Jn. 21, 15-17) dijo el Señor a Pedro a quién dio las llaves del reino y el poder de atar y desatar (Mt. 16, 19). Por eso, nada más arbitrario y triste que el constatar la existencia de “pastores” que fundan iglesias e inventan cultos, sin el debido mandato y conexión con la autoridad establecida. Es el caso de sectas protestantes que abundan y siembran la división en el pueblo de Dios.

Además del mandato, hay una vida propia que alimenta y nutre constantemente el apostolado: la gracia de Dios, la vida sobrenatural. Es la misma vida divina que se nos da a través de los sacramentos, de la oración, de las buenas obras, y que, como se sabe, es una participación en la propia naturaleza de Dios. La celebración Eucarística vivifica a la Iglesia, es la fuente y la cumbre de la vida cristiana. Sin la Eucaristía no hay misión ni apostolado.

Por lo tanto es imposible querer sembrar, pastorear, pescar (imágenes que nos reportan a la tarea de evangelizar) si no se es enviado y si no se experimenta el don de Dios, su gracia, su vida.

Así siendo, si queremos ser instrumentos válidos de Cristo y de su Iglesia (que es su cuerpo místico) tenemos que nutrirnos de la sabia divina. Sin eso, lo que hagamos, por más que pueda ser vistoso y aparentemente bueno, no será fecundo, no tendrá las bendiciones del cielo ni nos aprovechará para nuestra salvación. No será meritorio.

Esta reflexión me parece que es muy importante en todos los tiempos, pero hoy más que nunca tiene una palpitante actualidad. Para ser fieles a la vocación cristiana que nos pide compromiso, discipulado y misión, tenemos que vivir en disciplina con las estructuras eclesiales y abrir el corazón a la gracia de Dios, sin lo cual todo lo que hagamos no será más que ruido y futilidad. Lo dice San Juan de la Cruz en una de sus páginas geniales:

“Adviertan pues, aquí los que son muy activos, que piensan ceñir al mundo con sus predicaciones y obras exteriores, que mucho más provecho harían a la Iglesia y mucho más agradarían a Dios, dejado aparte el buen ejemplo que de sí darían, si gastasen siquiera la mitad de este tiempo en estarse con Dios en oración (…). Cierto, entonces harían más y con menos trabajo con una obra que con mil, mereciéndolo su oración, y habiendo cobrado fuerzas espirituales en ella; porque, de otra manera, todo es martillar y hacer poco más que nada, y a veces nada, y aún a veces daño” (San Juan de la Cruz, Cántico Espiritual, anotación para la canción 29).

Sucumbíos es tierra de misión. Ecuador es tierra de Misión. En realidad, toda nación y cultura es tierra de misión, y más en este tiempo paganizado. Seamos, pues, verdaderos misioneros: dóciles a la voz de Dios que se manifiesta en el magisterio de sus pastores y en otros signos de los tiempos, y llenos de la vida sobrenatural que nos da la gracia divina. Si no es así, “haremos poco más que nada, a veces nada, y aún a veces daño”.

P. Rafael Ibarguren Schindler EP
Administrador Apostólico
Vicariato de San Miguel de Sucumbíos

La riqueza de Sucumbíos

Si bien el descubrimiento y la explotación del petróleo dieron una proyección y un empuje grande a la provincia de Sucumbíos y a su capital, Lago Agrio, la riqueza de la región no estriba precisamente en el “aceite de piedra”, ni en sus derivados orgánicos, ni en el dinero que resultó en tantas inversiones e ilusiones.

La riqueza de Sucumbíos estriba en su gente: su gente ancestral y su gente colona venida de todo el Ecuador, en los llegados de países vecinos como Colombia, Perú y otras procedencias. Hay aquí una variedad de etnias y de culturas que van tallando progresivamente un perfil propio al que por aquí vive y trabaja, un perfil original, un tipo humano rico y sencillo que resulta –por las mismas características históricas y sociales- extremamente acogedor, enemigo de la exclusión.

La riqueza de Sucumbíos está también en su naturaleza exuberante, sorprendente -y a veces arbitraria- pero que tiene sus leyes secretas que hay que conocer y respetar. Su suelo, su flora, su fauna; sus ríos, sus montañas y sus selvas, hacen de este rincón del Ecuador un atractivo turístico y, a la vez, nos lanzan un reto para que logremos preservar, explotar y proyectar este capital que tan generosamente nos ha dado Dios.

La riqueza de Sucumbíos está en el Evangelio que profesa su gente, en la fe cristiana que iluminó la gesta evangelizadora de España y de Portugal en Latinoamérica, en nuestra religión católica que valora las nociones de amor, de perdón, de trabajo, de superación, de esperanza, en fin, de tantas virtudes, y que, por eso, apunta a un futuro esplendoroso.

El reciente censo realizado en el Ecuador nos revelará no solo la cantidad de habitantes que somos sino la potencia que representa para el país esa realidad que aquí se vive: una provincia con una población joven, trabajadora y simpática; con ese gusto de vivir en armonía sumando valores, de vivir en auténtica comunidad.

Que la Virgen del Cisne, tan venerada en Lago Agrio, nos lleve cada vez más a Jesús de quien acabamos de celebrar su humilde y prodigioso nacimiento. En Él, en Cristo, residen en plenitud todos esos valores que encontramos espejados en nuestra naturaleza: gente, suelo y sueños.

P. Rafael Ibarguren Schindler EP
Administrador Apostólico
Vicariato San Miguel de Sucumbíos

       

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